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LA VOCACIÓN SACERDOTAL

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La palabra vocación describe muy bien la relación de hombre con Dios, pues cada vida humana es una vocación. En efecto, cuando Dios termina la obra de su creación, contempla al hombre y lo vió como un ser bueno un ser bueno, “creado a su imagen y semejanza”, puso en sus manos toda la obra de la creación, y lo llama a una íntima relación con Él.


 

 

El término vocación, descubre al hombre la verdad sobre su existencia, pues la razón más profunda de la dignidad humana, radica en que está llamado a una vida de comunión con Dios. El ser humano desde su nacimiento está en diálogo con Dios. De hecho la Sagrada Escritura narra la historia del diálogo amoroso que vincula a Dios con el hombre. Este diálogo se realiza efectivamente porque el Padre eterno con infinita benevolencia dispone a lo largo de todos los siglos la realización de su proyecto universal de salvación, que es un designio de amor. En su Hijo Jesús, el Padre “nos eligió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1,4). Somos amados de Dios desde antes de venir a la existencia, movido por un amor incondicional Él nos creó de la nada para llevarnos a una vida de comunión con Él.

Esta palabra vocación, tiene en realidad un significado muy amplio, y se aplica a toda la humanidad, llamada a la salvación y a la santidad. La vocación se especifica después en orden a particulares aptitudes, que determinan la elección que cada uno hace para darle a la propia vida un sentido. Cada estilo de vida, cada profesión puede estar caracterizada como una vocación, y esto le confiere un valor y una dignidad trascendente.

Toda vocación tiene su raíz más profunda en el bautismo. Cuando el cristiano “renacido del agua y el Espíritu” (Jn 3,15), participa de este acontecimiento de gracia, que lo hace hijo de Dios, regenerado en Cristo y miembro del Pueblo Santo de Dios, que es la Iglesia. Se trata de un amor sin reservas, que nos precede, nos satura,  nos llama dentro del camino de la vida, que tiene su raíz en la absoluta gratuidad de Dios.

Pero la palabra vocación adquiere una plenitud de significado cuando se trata de la vocación sacerdotal por un doble motivo: primero porque se trata de una vocación especial que viene directamente de Dios, como un rayo de luz fulgurante, íntima y profunda, que es recibida por la conciencia, y en segundo lugar porque se expresa prácticamente en una oblación total  de una vida consagrada al Dios vivo y verdadero, y que deriva en un amor total al prójimo. La vocación en este sentido especial, es un hecho tan singular, delicado y sagrado, que no puede prescindir de la intervención de la Iglesia, la cual la favorece, estudia , educa, verifica y orienta.

Queda claro, entonces, que la vocación sacerdotal como toda vocación específica nace de la iniciativa libre, gratuita y amorosa de Dios. Es Dios quien da el primer paso, es Él quien llama, y no por  la virtud o la bondad que encuentra en el que es llamado, sino solo en virtud de su amor infinito.

En efecto, la historia de toda vocación sacerdotal es la historia de un diálogo entre Dios, que movido por un amor misericordioso e inefable, llama, y el hombre que libremente responde a esta dignación del amor divino.  Por libertad aquí entendemos, la oblación personal y voluntaria a la causa de Cristo y de su Iglesia.

LA llamada se mide por la respuesta. No puede haber vocación si no hay libertad, es decir si la vocación no es vivida como un ofrecimiento espontáneo, generoso y total de sí. De este modo la vocación sacerdotal nunca puede ser vista simplemente como una promoción humana, o solo como un proyecto de vida personal. La vocación debe ser vista siempre en orden al servicio de Dios y de la Iglesia.

La Iglesia como Cristo la ha querido, no puede vivir sin ministros. La evangelización tiene necesidad de ellos; la difusión del evangelio está condicionada por el número, la obra y la santidad de los ministros, llamados y dedicados al más sublime, al más indispensable servicio: el de la salvación. Recordemos las palabras paradigmáticas de San Pablo: “Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación. Porque dice la Escritura: Todo el que cree en él no será confundido. Que no hay distinción entre judío y griego, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos lo que lo invocan. Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: ¡Cuan hermosos los píes de los que anuncian el bien!” (Rm 10, 13-15). No se puede explicar en términos más claros la necesidad de ministros cualificados para  predicación de la verdad y de la gracia traída por Cristo al mundo. La Iglesia no envía para este sagrado servicio profesionistas mercenarios, no organiza una red de especialistas en publicidad. La Iglesia envía hombre de buena voluntad y libres, que saben de los riesgos y las fatigas de la evangelización, envía hombres pobres y generosos libres de toda coacción externa e íntimamente vinculados por el más sacrosanto de los vínculos, el del amor consagrado, único y perene. Envía seguidores de Cristo, que a Él le dan todo, envía jóvenes llenos de fuego e ilusión, que han intuido la más alta definición de la vida: una aventura de amor divino, envía héroes que creen en la fuerza del Espíritu Santo, y que por Cristo y la Iglesia de Cristo están dispuestos a dar la vida.

Pero ¿dónde están esas vocaciones? ¿Dónde están los llamados? En la actualidad hay una crisis de vocaciones, fruto del ambiente cultural que estamos inmersos. El mundo de la vida religiosa no les resulta atractivo a nuestros jóvenes, en ciertos ambiente se vive un ateísmo práctico- existencial, ya no importa si existe Dios, ha pasado a formar parte de olvido del hombre, el hedonismo ha llegado a ser el ideal de vida para muchos, el reinado del relativismo, la libertad entendida como un actuarse en sí mismo y en sus opciones personales. Todas estas situaciones han cerrado el diálogo entre Dios y los hombres.

El problema de la grave crisis de vocaciones a la vida sacerdotal, es un problema que incumbe a todos. Y es una obligación de toda la Iglesia el promover las vocaciones sacerdotales. Las vocaciones sacerdotales son primordialmente fruto del contacto con Dos, y de una insistente oración al “Dueño de la mies”, por lo tanto en las familias, en las parroquias, en las casas religiosas, en los distintos grupos y comunidades de oración se deben elevar plegarias para que Señor nos conceda un aumento en el número de las vocaciones al sacerdocio.

ES urgente que nuestra iglesia diocesana se haga cada vez más sensible a la pastoral vocacional. Es necesaria la predicación directa sobre el misterio de la vocación en la Iglesia, sobre el valor del sacerdocio ministerial, sobre su necesidad para el Pueblo de Dios. Una catequesis orgánica y definida a todos los niveles de iglesia, para disipar dudas  y contrarestar todas las ideas desviadas sobre el ministerio sacerdotal. Ha llegado el tiempo de hablar valientemente sobre la vida sacerdotal como un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana.

Un elemento indispensable en la promoción vocacional es el testimonio de vida de los presbíteros. La misma vida de los sacerdotes, su entrega incondicional a la grey de Dios, su testimonio de servicio amoroso al Señor y a su Iglesia, un testimonio sellado con la opción por la cruz, su concordia fraterna y su celo por evangelizar al mundo, son el primer factor y el más persuasivo de fecundidad vocacional. Se podría decir que las vocaciones sacerdotales naces del contacto con los sacerdotes, en el ejemplo de su vida entera.

En definitiva toda pastora y cada momento de la vida eclesial debe estar orientada a la promoción vocacional y cuidado de las vocaciones. La catequesis, las distintas asociaciones de apostolado, las escuelas, conscientes  de su misión educativa, deben promover en los adolescentes que se les han confiado de forma que éstos puedan sentir y seguir con amor a vocación divina. Que las familias estén animadas por un espíritu de fe, caridad y piedad, capaces de ayudar a sus hijos a acoger con generosidad la llamada al sacerdocio. En fin cada bautizado debe convertirse en un incansable promotor de vocaciones a la vida sacerdotal

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Sentido e institución del Sacramento del Orden

El Sacramento del Orden es el que hace posible que la misión, que Cristo le dio a sus Apóstoles, siga siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Es el Sacramento del ministerio apostólico. (CEC 1536)



De hecho este es el sacramento por el cual , por institución divina unos hombres quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza, las funciones de enseñar, gobernar y santificar”. (Crf. CIC.1008)

Institución

El Concilio de Trento definió como dogma de fe que el Sacramento del Orden es uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo.



Por la Sagrada Escritura, podemos conocer como Jesús escogió de manera muy especial a los Doce Apóstoles (Cfr. Mc. 3, 13-15; Jn. 15, 16). Y es a ellos a quienes les otorga Sus poderes de perdonar los pecados, de administrar los demás sacramentos, de enseñar y de renovar, de manera incruenta, el sacrificio de la Cruz hasta el final de los tiempos. Estos apóstoles fueron quienes le acompañaron durante la Última Cena. Según el relato evangélico, tras entregar el pan y el vino y hacer alusión a su cuerpo y sangre, Jesucristo dijo: «haced esto en memoria mía» . Este texto es interpretado como la voluntad del Señor de establecer sacerdotes que perpetuaran este memorial. Más tarde, el día de la Resurrección, Jesús confirió también a los apóstoles el poder de perdonar pecados en su nombre (cf. Jn 20 21-23) y les confió las funciones de gobernar, enseñar y santificar (cf. Mt 28 19-20). En estos dos momentos solemnes, así como en la venida del Espíritu Santo en Pentecostés que terminó de fortalecer a los apóstoles para la misión que habían recibido, la Iglesia reconoce, que la institución del sacramento del orden fue querida directamente por  Cristo.

Les concedió estos poderes con la finalidad de continuar Su misión redentora y para ello, Cristo les dio el mandato de transmitirlos a otros. Desde un principio así lo hicieron, imponiendo las manos a algunos elegidos, nombrando presbíteros y obispos en las diferentes localidades para gobernar las iglesias locales.

Grados del Sacramento del Orden

El Sacramento del Orden, por institución divina se estructura jerárquicamente en tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.

Episcopado: Los obispos son los transmisores de la semilla apostólica. Tienen la plenitud del sacramento del Orden, están incorporados al colegio episcopal. En cuanto sucesores de los apóstoles y miembros del colegio episcopal, participan en la responsabilidad apostólica y en la misión de toda la Iglesia, enseñan y gobiernan bajo la autoridad del Papa, sucesor de Pedro y cabeza visible de la Iglesia.

Presbiterado: Los presbíteros están unidos a los obispos en la dignidad sacerdotal, y al mismo tiempo dependen de ellos en el ejercicio de sus funciones pastorales. Están llamados a ser cooperadores diligentes de los obispos, forman en torno a su obispo el presbiterio, y asumen con él la responsabilidad pastoral de una iglesia particular. Reciben del Obispo el cuidado de una parroquia o de una función eclesial determinada.

Diaconado: Los diáconos son ministros ordenados para las tareas de servicio de la Iglesia, no reciben el sacerdocio ministerial, pero la ordenación les confiere funciones importantes: el ministerio de la Palabra, culto divino, servicio de la caridad, tareas que deben cumplir bajo la autoridad pastoral del Obispo.



Sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial

Todos los bautizados están unidos a Cristo y participan de su sacerdocio. Todos los creyentes ofrecen a Dios oraciones y alabanzas unidos a Cristo. “Pero vosotros sois "linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido," para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz” (1Pe 2,9)

El sacerdocio ministerial se diferencia esencialmente, y no sólo de grado, del sacerdocio común de los fieles. El sacramento del orden da lugar al sacerdocio ministerial. EL bautismo en cambio, da lugar al sacerdocio común de los fieles. Entre ambos sacerdocios hay una diferencia esencial y no solo de grado “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante” (LG 10).

El sacerdocio ministerial

El presbítero es un hombre tomado de entre los hombres y constituido a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para que ofrezca dones y sacrificios por los pecados (Cfr. Hb 5,1).

Es verdad que la invitación de  Jesús a permanecer unidos a Él es para todos los bautizados, pero sin lugar a dudas, esta invitación resuena con más intensidad para los sacerdotes, porque como lo afirma el Santo Cura de Ars: “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús… si comprendiéramos bien lo que es el sacerdote, moriríamos, no de pavor sino de amor.

Efectivamente en el rito de Ordenación por la imposición de las manos del Obispo y la Oración consecratoria, el presbítero queda configurado, sacramentalmente con Cristo para actuar como representante de Él. Esto hace que el sacerdote se convierta en ministro autorizado de la palabra de Dios, y de ese modo ejercer la misión de enseñar. Así mismo, se convierte en ministro de los sacramentos, en especial de la Eucaristía, donde este ministerio encuentra su plenitud, su centro y su eficacia, y de esta manera ejerce el poder de santificar. Además, se convierte en ministro del pueblo, ejerciendo el poder de gobernar.

Este sacramento imprime Carácter, se trata de una señal indeleble. Por lo tanto, quienes abandonan el ministerio o son suspendidos no pierden el carácter sacramental, es decir nunca dejan de ser sacerdotes.

Enseñar: El sacerdote es ante todo ministro de la Palabra de Dios, es ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelios, debe llamar a todos a la obediencia de la fe y conducir a los creyentes a un conocimiento cada vez más profundo y a una comunión más intensa con el Dios revelado. Por eso el sacerdote debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios. No es suficiente el conocer su aspecto lingüístico y exegético, debe acercarse a la Palabra de Dios con un corazón dócil y orante para que ella penetre a fondo sus pensamientos y sentimientos, y engendre en él una mentalidad nueva. Solamente meditando y contemplando la Palabra será discípulos del Señor

El sacerdote debe ser el primer creyente en la Palabra, con plena conciencia de que las palabras que predica no son suyas, sino de aquel que lo ha enviado. EL no es el dueño de la Palabra, sino su servidor. El sacerdote debe crecer en la conciencia de la necesidad de evangelizar u ser evangelizado, y así ofrecer la garantía a los fieles de que transmite a los fieles el Evangelio en toda su integridad.

Santificar: Ningún hombre por sus propios méritos puede unir a otros con Dios, pero el sacerdote en virtud del don recibido en la Ordenación, es depositario y dispensador de los dones de la redención, es el puente que une a los hombres con Dios.

En la celebración de cada sacramento es Cristo quien actúa a favor de la Iglesia, por medio de la invocación del Espíritu Santo, que ha sido invocado con el poder eficaz del sacerdote que celebra en la persona de Cristo.

Esto es particularmente evidente en la Plegaría Eucarística, en la que el sacerdote invocando el poder del Espíritu Santo sobre el pan y el vino, pronuncia las palabras de Jesús  en la Ultima Cena con sus discípulos, actualiza el misterio del Cuerpo y Sangre de Cristo realmente presente en las especies sacramentales.

Sobre todo el sacerdote debe ser el hombre de la Eucaristía. En esta perspectiva se orientan las fórmulas del rito de ordenación del presbítero. En las preguntas relativas al compromiso, la última pregunta tiene un carácter culminante y sintético: ¿Quieres unirte cada vez más estrechamente a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, quien se ofreció al Padre como víctima pura por nosotros y consagrarte a Dios junto con él para la salvación de todos los hombres? El sacerdote está sumergido de modo singular en el misterio del sacrificio de Cristo, con una unión personal, para prolongar su misión salvífica. Esta unión tiene lugar gracias al sacramento del Orden, y pide ser cada vez más estrecha por la generosa correspondencia del sacerdote.

Con todo esto se subraya, que para el sacerdote celebrar la misa no significa realizar una función ritual, sino que eucaristía es para él, el momento más importante y significativo de su jornada y el centro de su vida.

Gobernar: el sacerdote al estar configurado con Cristo cabeza y pastor de la Iglesia, debe animar, guiar, servir y edificar a la comunidad eclesial, siempre en comunión con su Obispo. La tarea de regir al pueblo de Dios, es una tarea delicada y compleja, que incluye la atención cordial y caritativa a todas las personas, especialmente a los pobres, necesitados, enfermos, a las familias y a los jóvenes y de un modo particular a los alejados. Para realizar esta tarea, el sacerdote debe estar adornado con las virtudes de la paciencia, fidelidad, coherencia, firmeza doctrinal, solidaridad y actitud de acogida.

El sacerdote es guía y pastor del pueblo santo de Dios. La dimensión eucarística-sacerdotal está inseparablemente unidad a la dimensión pastoral, pues toda actividad del sacerdote adquiere una eficacia u fecundad salvífica en el sacrificio eucarístico. En efecto el presbítero está llamado a viviré en sí mismo lo que experimentó Jesús en primera persona, esto es: entregarse plenamente a la predicación del evangelio y a sanar al hombre de todas las manifestaciones del mal, en fin entregar en un sentido generoso toda la vida. Precisamente la caridad pastoral consiste en identificar todo mi yo personal con de Jesús sacerdote, imitando su entrega generosa. La cruz es el acto supremo de amor oblativo

El configurarse con Cristo Buen pastor, comporta identificarse cada vez más con Aquel que se ha hecho Sumo Sacerdote y Víctima. Configurarse con Cristo es la tarea en la que el sacerdote debe gastar toda su vida. No debemos olivar que nada hace sufrir más a la Iglesia, cuerpo de Cristo  que los pecados de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en “ladrones de ovejas”, ya sea porque se desvían por doctrinas erróneas, ya sea porque viven atados al pecado

Obligaciones de la vida sacerdotal

Cristo Sumo y Eterno Sacerdote es también el Buen pastor, que cuida de cada una de sus ovejas, hasta dar la vida por ellas, para imitar en esto al Señor, el corazón del sacerdote debe ir madurando estando siempre a disposición del Maestro. Esta disponibilidad es un don del Espíritu Santo y en la que se inspira todas las obligaciones del sacerdocio.

El celibato sacerdotal, fundamentado en el misterio de Cristo, es obligatorio para los sacerdotes de la Iglesia latina. (Cfr. CIC c. 227; CEC 1579).

  • Mediante el celibato, los sacerdotes se pueden entregar de un modo más profundo a Cristo, pues su corazón no está dividido en diferentes amores.
  • Por su vocación, el sacerdote lleva una vida de total continencia, a ejemplo de la virginidad de Cristo.
  • Cristo no quiso para Sí otro vínculo nupcial que el de su Amor a los hombres en la Iglesia. Por lo tanto, el celibato sacerdotal facilita la participación del ministro de Cristo en su Amor universal.

  • Con el celibato, la dedicación de los sacerdotes al servicio de los hombres, es más libre, en Cristo y por Cristo.
  • Toda la persona del sacerdote le pertenece a la Iglesia, la cual tiene a Cristo como esposo.
  • El celibato le facilita al sacerdote ejercer la paternidad de Cristo.


El Sacerdote tiene el deber de buscar la santidad de vida, ya que son los administradores de los misterios de Cristo, para ello, deben leer la Sagrada Escritura. Que la celebración Eucarística sea el centro de su vida, por lo cual debe hacerlo diariamente. Rezar la Liturgia de las Horas. Practicar la meditación diariamente. Es recomendable tener un director espiritual y confesarse con mucha frecuencia. Asistir a Ejercicios Espirituales y tener una especial veneración a la Santísima Virgen María, rezando frecuentemente el Rosario, el Angelus, etc. El sacerdote tiene que luchar y esforzarse por ser santo.

Todos aquellos que han recibido el sacramento del Orden tienen la obligación de mostrar respeto y obediencia al Papa y a su Ordinario propio, es decir, a su Obispo. Aceptando y desempeñando con fidelidad las tareas encomendadas por el Ordinario del lugar.

Por todo lo que se ha dicho antes, podemos concluir que los sacerdotes necesitan una formación especial que les permita desempeñar cabal y eficientemente la misión que les ha sido encomendada.

Ministerio del obispo

Instituyo Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar.” (Mc. 3,14)

Hemos mencionado que existen tres grados en el Sacramento del Orden: el episcopado, el presbiterado, y el diaconado.

Entre los diversos ministerios, el Ministerio de los Obispos, ocupa un lugar preponderante, pues por medio de una sucesión apostólica, que existe desde el principio, son los que transmiten la semilla apostólica.

En un acto de amor y en una decisión libre y soberana, Jesús instituyo Doce Apóstoles, con la misión de enviarlos a predicar el evangelio. La misión confiada de Jesús a los apóstoles debe durar hasta el fin del mundo, ya que el evangelio que se les encargo transmitir es la vida para la iglesia de todos los tiempos. Precisamente por esto, los Apóstoles se preocuparon de instituir sucesores, de modo que se manifestara y se conservara la tradición apostólica a través de los siglos.

Los Obispos son sucesores de los Apóstoles, y están íntimamente unidos a Jesucristo. Tienen la misión de conservar integro el evangelio como lo dejaron los Apóstoles. El primer grado del sacramento del Orden brota del hecho testimoniado por la Tradición, que la misión apostólica se continúa en los obispos por sucesión  que se remonta al origen. Tal afirmación la encontramos en LG 20, donde se constata el hecho que los apóstoles para llevar a delante la voluntad de Cristo relativa a la continuación de la misión apostólica “cuidaron de establecer sucesores”. El primer momento de la sucesión apostólica lo constituye la elección por parte de los apóstoles de varios colaboradores, según lo entramos en los diversos testimonios del Nuevo Testamento. Un segundo momento es el encargo dejado a sus colaboradores de completar y consolidar la obra que ellos iniciaron, además con la disposición de que cuando ellos murieran, algunos hombres probados en virtud y doctrina, tomaran la sucesión de su ministerio.

La misión de los apóstoles es excelsa porque a través de este ministerio Cristo está presente en su Iglesia en modo visible como Cabeza, Pastor, Sacerdote y Maestro. Esta es la razón de la especial efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles con la cual fueron enriquecidos. Tal don del Espíritu Santo, a partir de los Apóstoles, es conferido por medio de la imposición de las manos, en la ordenación episcopal, la cual confiere la plenitud del sacramento del Orden, es decir, el ministerio apostólico en su totalidad.

Todo cuanto pertenece al ministerio de los obispos es conferido por la consagración episcopal, esto es, los oficios de santificar, enseñar y gobernar. Estos oficios también se les confieren a los presbíteros en su ordenación, pero no en el mismo grado que a los obispos. Aquello que caracteriza al episcopado como grado supremo del Orden es el modo eminente de participar en el misterio mismo de Cristo Maestro, Pastor y Pontífice.

Si bien es cierto que los oficios de santificar, enseñar y gobernar son conferidos por la consagración episcopal, “los cuales, sin embargo, por su misma naturaleza, no pueden ejercerse sino en comunión jerárquica con la Cabeza y los miembros del Colegio” episcopal (LG 21). Es necesario que se le asigne al que ha sido consagrado obispo una porción del Pueblo de Dios para su cuidado episcopal, o bien, la concesión de un particular oficio, para que pueda de hecho ejercitar tales funciones.

El ministerio episcopal, por su misma naturaleza, exige la comunión jerárquica con la cabeza del colegio episcopal –el Papa- y con los demás obispos: un ministro aislado no puede reunir en torno a él a los fieles, formando un cuerpo dividido del cuerpo episcopal. En virtud de la consagración episcopal y de la comunión jerárquica, se hace miembro del colegio episcopal  y obispo de la Iglesia Católica, independientemente del hecho de ser cabeza de una iglesia particular, o tener otro oficio pastoral

La colegialidad episcopal se manifiesta en modo efectivo y cotidiano, mediante la solicitud de cada obispo por la Iglesia Universal. La colegialidad se manifiesta a través de la promoción y defensa de la unidad de la fe y de la disciplina común a toda la Iglesia, además de la instrucción de los fieles al amor a todo el Cuerpo místico de Cristo, y en la promoción de toda actividad común a  la Iglesia entera, especialmente con la finalidad que crezca la fe y se difunda la verdad plena. (Cfr Lg 23)

Además de su solicitud por la Iglesia Universal, los obispos pueden ser llamados a actos colegiales en el ejercicio  de la suprema potestad sobre toda la Iglesia, siempre unidos a su cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin él. Estos actos colegiales pueden ser realizado  en modo solemne en un concilio ecuménico, o bien cuando todos los obispos dispersos por el mundo  son llamados por el Papa a un acto colegial, o cuando por lo menos, apruebe la acción unida de éstos o la acepte libremente, para que sea un verdadero acto colegial. (Cfr. LG 22)

El Obispo a quien se le ha confiado el cuidado de  una iglesia particular, la rige como vicario de Cristo. La presencia de Cristo en la persona de Obispo y en su acción episcopal, hace que éste sea más que un solo su  representante. Cristo se hace presente y actúa en la persona del Obispo. Esta particular relación con Cristo, confiere a los obispos una especial autoridad, y a ellos como sucesores de los apóstoles, se les aplican las palabras de Cristo: “Quien a ustedes escucha, a mí me escucha; y quien a ustedes rechaza, a mí me rechaza” Lc 10,16)

El Pueblo de Dios no es sólo una comunidad de gentes diversas, sino que en su mismo seno se compone también de diferentes partes, las Iglesias particulares, generalmente llamadas diócesis  y formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y de las cuales está constituida la Iglesia Católica, una y única. La Iglesia particular o diócesis se confía al Obispo, que es principio y fundamento visible de unidad,  y mediante su comunión jerárquica con la cabeza y con los otros miembros del Colegio episcopal la Iglesia particular se inserta en la plena comunión eccesial de la única Iglesia de Cristo.

Nuestra diócesis

La Diócesis de León, situada al occidente del Estado mexicano de Guanajuato fue fundada por el Papa Pío IX por su Bula “Gravissimum Sollicitudinis” el 26 de Enero de 1863. El Domingo 21 de febrero de 1864, se ejecutó la erección canónica

El día 25 de noviembre del 2006, S. S. Benedicto XVI, elevó la Diócesis de León a la categoría de ARQUIDIÓCESIS, siendo su primer Arzobispo, MONS. JOSÉ GUADALUPE MARTÍN RÁBAGO

Nuestra Arquidiócesis la integran los municipios : León, (Sede Episcopal),  Ocampo y San Felipe, una parte del municipio de Lagos de Moreno, Jal., San Francisco y Purísima del Rincón,  Guanajuato, Ciudad Manuel Doblado, Romita y Silao. Tiene una población aproximada de 2,200,000 de habitantes.

La Arquidiócesis de León está conformada por 120 parroquias, divididas en 17 decanatos y 6 zonas pastorales

Cuando se fundó la Diócesis en el Año 1864, fue consagrada a la Madre Santísima de la Luz, la cual ya era Patrona de la Ciudad desde 1732. Posteriormente se construyó el Monumento Votivo Nacional a Cristo Rey, en la Santa Montaña, también toma el patronazgo del Rey del Universo

Nuestro Señor Arzobispo: Dn José Guadalupe Martín Rábago

Monseñor José Guadalupe Martin Rábago, nació en el pueblo de San Miguel El Alto, Jalisco, el 12 de octubre de 1935. Sus padres: Cesáreo y María, es el tercero de 12 hijos.

A la edad de 13 años ingresa al Seminario de la Arquidiócesis de Guadalajara, en donde realizó sus estudios de humanidades y filosofía. Contó siempre  con el apoyo de su padres. Su ingreso al seminario fue el comienzo a una nueva vida. Dejando atrás los lazos de su pequeño pueblo natal, comenzó su formación sacerdotal.

A los 20 años de edad es enviado a la ciudad de Roma a continuar con los estudios eclesiásticos. Luego de seis años de estudio obtuvo la licenciatura en filosofía y teología, regresó a su patria. En su pueblo natal, se celebró su ordenación sacerdotal el día 22 de junio de 1962 de manos del Cardenal José Garibi Rivera.

Una vez ordenado debía regresó a Roma para continuar con sus estudios en la Pontificia Academia Eclesiástica, donde se preparaban los diplomáticos al Servicio de la Santa Sede.

Regresa a México, a la arquidiócesis de Guadalajara en el año de 1964 y fue nombrado formador de tiempo completo en el Seminario hasta 1980. El Emmo. Cardenal José Salazar, lo nombró Canciller de la Curia Arquidiocesana de 1980 a 1988. Fue Rector del Seminario Arquidiocesano de San José desde 1988 a 1992. Realizó además de los siguientes ministerios: Miembro de la Comisión Diocesana de Liturgia, Comisión de Promoción del Presbiterio, Equipo Diocesano de Reflexión Pastoral, Abogado del Tribunal Eclesiástico Regional y Corresponsal del Instituto de Teología a Distancia.

Contando con 52 años, aceptó ser el Rector del Seminario de Guadalajara.

El 15 de abril de 1992 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo titular de Tuscania y Auxiliar de Guadalajara. Su consagración episcopal tuvo lugar el 5 de junio por el Excmo. Sr. Cardenal D. Juan Jesús Posadas Ocampo en Guadalajara. Estaba por cumplir un año como Obispo cuando asesinaron al Cardenal y, de los tres obispos auxiliares que había en Guadalajara, él fue elegido como Administrador de la Arquidiócesis.

El 23 de Agosto de 1995 fue nombrado el X Obispo de la Diócesis de León. En esta diócesis ha dado un impulso decido a la pastoral de conjunto mediante la elaboración del Plan Diocesano de Pastoral, creando nuevas parroquias, zonas pastorales y decanatos. Así como también se ha preocupado por la formación permanente de los presbíteros y de los futuros sacerdote. Logró la construcción de una nueva casa para el Seminario Mayor, así como la edificación del seminario auxiliar del municipio San Felipe.

El 30 de Octubre de 1997 resultó electo Vice-Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano para el Trienio 1997-2000. Fue reelegido para este cargo en el período 2000-2003.

Aceptó el cargo de Presidente de la CEM para el periodo 2003-2006, donde se orientó a reformar las estructuras internas de la Conferencia. De esta manera, se rescató y fortaleció la antigua figura de la Provincia Eclesiástica e igualmente impulsó la creación de cuatro nuevas provincias; la Santa Sede acepto la propuesta el 26 de Enero de 2007.

 

 

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